
Mi Cristo Roto
Hay un Cristo sin brazos en el centro del escenario. No es decoración. No es símbolo abstracto. Es el eje de un conflicto que dura dos horas y que no te suelta ni cuando ya estás en casa. Alberto Mayagoitia regresa al escenario con "Mi Cristo Roto", un monólogo basado en los textos del jesuita Ramón Cué. Todo empieza en una tienda de antigüedades. Un hombre compra una figura de Cristo severamente mutilada — rota, incompleta, sin extremidades. Su primer impulso es lógico, casi instintivo: restaurarla. Devolverle la forma. Hacerla presentable. El Cristo se niega. Eso es el show. Un hombre que quiere reparar. Una figura que exige quedarse rota. Y entre los dos, la pregunta que nadie quiere hacerse en voz alta: ¿para qué queremos ocultar las heridas? Mayagoitia no actúa esto desde lejos. Lo vive. Presta su voz, su cuerpo y su historia escénica de décadas para habitar a un hombre que se debate entre la estética y la verdad. La producción es minimalista — poca escenografía, proyecciones precisas, sin distracciones. Lo que queda es él, el texto y el silencio del Teatro Juárez. Ese silencio hace su trabajo. Este show no distingue entre creyentes y no creyentes. Es para quien alguna vez intentó parecer entero cuando no lo estaba. Para quien reconoce en los demás una grieta que también carga en privado. Para familias, para comunidades que buscan algo que valga la charla del camino de regreso a casa. Dos horas. Sin intermedio emocional. Entras pensando en una figura rota y sales preguntándote qué llevas tú escondido detrás de las partes presentables. Esa es la trampa del show. Y también su grandeza. "Mi Cristo Roto" existe porque hay cosas que solo se dicen desde un escenario. Porque a veces hace falta que alguien le ponga nombre al dolor que uno ya cargaba sin saber cómo llamarlo.
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